lunes, 21 de enero de 2013

Impresiones inconexas del deambular irónico del paria en la ciudad moderna


Para Laura.
(Una entrada de mi anterior blog, que sobrevivió, sigo sin saber cómo, a la destrucción del mismo)


Durante una de mis deambulaciones por la ciudad pestífera que circunda mi morada, y mientras retumbaba en mis audífonos algún hijo bastardo del metal con el flamenco, viré mi vista hacia la avenida atiborrada a la que acababa de llegar. Un escenario de ruidos sempiternos y estridentes, acompañados de movilidad constante, aunque no siempre fluida, que representaba una turbulencia urbana en su máxima expresión, se abría ante mí.
¿Qué pensarán aquellos entes que, cómodamente sentados dentro de sus automóviles, se dirigen a alguno de sus destinos rutinarios? ¿Qué pensarán los transeúntes amorfos que, a paso rápido, caminan a ambos lados de mí en direcciones opuestas como movidos por una voluntad superior? ¿Qué pensarán las diversas sombras de aquella hilera en la acera que, tiesas e inexpresivas cual gendarmes ingleses, tal vez esperan el transporte público?
"Soy incapaz de saber lo que piensan", me dije, “pero ante la repetición imparable del mismo panorama día tras día, podría concluir que en las calles de la ciudad hay una inmensa masa de gente.... lo que no hay, lamentablemente, son personas."
Con los anteriores pensamientos aún bullendo en el interior de mi cabeza, ingresé en un bar que se encontraba cerca de donde caminaba, dispuesto a embriagarme y sentirme parte de aquella monotonía y decadencia citadinas.

sábado, 5 de enero de 2013

Incisión sobre la costra de la herida de la vida


Es en las horas crepusculares cuando se abren, radiantes e incólumes, las ventanas del pensamiento a la conciencia de la vacuidad de la existencia. La lucidez es ese grito provocado conjuntamente por la revelación del dolor del mundo y la del peso de la vida sobre la Nada.
Atrapado entre los cuatro muros que reverberan a cada minuto mi nombre y mi maldición, golpeo repetidamente mi cabeza contra el televisor encendido. ¿Preludio a la muerte o culmen de la vitalidad contenida? Las imágenes eyaculan destellos intermitentes a cada golpe que les doy.
No pienso, no siento nada: soy mierda en el culo del mundo. Toc, toc, toc. Especie de planificación del horror provocada por la subida de la náusea: mi vacío interior se expande y quedo suspendido en él como un títere del cosmos. Entonces, como de costumbre, llega la epifanía, ese momento kantianamente sublime en que palidezco inevitablemente al caer en cuenta que he de habérmelas conmigo hasta el fin de mi existencia.
La vida pesa sobre mí como una enorme joroba de iridio.
Ya no deseo otra cosa que una paz sin victoria...