sábado, 5 de enero de 2013

Incisión sobre la costra de la herida de la vida


Es en las horas crepusculares cuando se abren, radiantes e incólumes, las ventanas del pensamiento a la conciencia de la vacuidad de la existencia. La lucidez es ese grito provocado conjuntamente por la revelación del dolor del mundo y la del peso de la vida sobre la Nada.
Atrapado entre los cuatro muros que reverberan a cada minuto mi nombre y mi maldición, golpeo repetidamente mi cabeza contra el televisor encendido. ¿Preludio a la muerte o culmen de la vitalidad contenida? Las imágenes eyaculan destellos intermitentes a cada golpe que les doy.
No pienso, no siento nada: soy mierda en el culo del mundo. Toc, toc, toc. Especie de planificación del horror provocada por la subida de la náusea: mi vacío interior se expande y quedo suspendido en él como un títere del cosmos. Entonces, como de costumbre, llega la epifanía, ese momento kantianamente sublime en que palidezco inevitablemente al caer en cuenta que he de habérmelas conmigo hasta el fin de mi existencia.
La vida pesa sobre mí como una enorme joroba de iridio.
Ya no deseo otra cosa que una paz sin victoria...

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